Tres

Hoy en la mañana salí a correr acompañado por Luz María, que quería aprovechar la sesión para grabar unos vídeos utilizando un estabilizador para el iPhone que acabamos de adquirir para este proyecto. Con un clima brumoso, húmedo y con una temperatura que superaba  los 30 grados, troté un poco más de 13 kilómetros por el circuito Fuentes Del Valle-Calzada San Pedro-Calzada Del Valle. Me sentí bien, corrí sin presiones y además cargué con la cámara GoPro para filmar el recorrido. Ya en la tarde, revisando lo filmado, me di cuenta que solo había logrado grabar unos minutos del inicio. Aún no logro descifrar lo que falló. En fin, tiempos de aprendizajes. Ya habrá más oportunidades para hacerlo. El universo del El último Ironman está lleno de escenarios maravillosos y quiero dejar constancia de ellos. Comimos más temprano de lo habitual porque Luz tenía cita para recibir la segunda dosis de la vacuna contra el COVID y por mi hambre. Hamburguesas y ensalada conformaron el menú.

El cuerpo humano evolucionó durante millones de años para caminar y correr largos trechos. Fue la necesidad de salir en busca de presas para alimentarnos, compitiendo con otras especies en la lucha por la vida, la razón de que nuestras piernas, los pies con tendones y ligamentos y los músculos de los glúteos se encuentren dispuestos para estabilizar la carrera. Sin estar dotados con colmillos grandes, ni garras, y limitados en la velocidad y fuerza en comparación con otros animales, fue nuestra capacidad de resistencia durante las largas carreras lo que nos dio la ventaja en la batalla para sobrevivir. 

En épocas no tan lejanas, se descubrió que al correr, liberamos una buena cantidad de endorfinas, unas sustancias químicas conocidas como las hormonas de la felicidad, que nos hace sentir bien con nosotros mismos y proporcionan un alto nivel de placer tras practicar running. Es curioso, pero las endorfinas alivian, entre otras cosas, el dolor como sólo pueden hacerlo los opiáceos como la morfina, la heroína y la codeína. Correr se convirtió en mi nueva adicción deportiva.

Empecé a correr finalizando mis treintas. En ese período me encontraba en una fase profesional de estancamiento. Mantenía mi puesto como responsable de un organismo público descentralizado creado con el objetivo de emprender grandes proyectos de rehabilitación urbana; sin embargo, el cambio en el gobierno del estado me había colocado en una posición marginal, sin poder ni influencia y con la franca animadversión del Secretario del ramo, con quien había tenido algunos roces y conflictos en el pasado. La continuación del Proyecto Santa Lucía se encontraba bajo mi responsabilidad y era considerado, si no prioritario, sí necesario y relevante por el gobernador del estado, pero su secretario utilizó todo lo que estuvo a su alcance para evitar que el proyecto avanzara durante todo el sexenio. Afortunadamente el siguiente Gobernador lo reactivó y hoy es uno de los lugares más atractivos en el Estado, y además, con cierto dejo de ironía, sede de competencias internacionales de Triatlón. Pero mientras tanto, aburrido, alejado de los centros de influencia, con una agenda política reducida y hastiado y fastidiado de un juego palaciego que estaba destinado a perder, dediqué más tiempo a mis actividades de dirigencia deportiva y a subir de peso.

Fue en esa etapa cuando por primera ocasión salté ostensiblemente de talla, de un 38 regular hasta un talla 42 ajustado. Alcancé los 90 kilogramos de peso, demasiados para mis 174 centímetros de estatura y excesivos para mí desmesurado ego. Consiente de que por mas horas que dedicara al tenis no sería ni suficiente ni eficaz para bajar de peso, acepté la invitación de mi amigo Javier para acompañarlo a Chipinque a “aprender” a correr. Ya enganchado en el running, buscando cuidar mis rodillas, y además, más velocidad y resistencia, acudí con “El Chino”, un Nutriólogo muy popular en el Monterrey de aquellos años. El discutible ingenio popular lo apodó como “El Chino” porque en su tratamiento de reducción de peso, incluía sesiones de acupuntura supuestamente para reducir la ansiedad que provocaba su dieta. Los amantes del postre sufrían en demasía. Las quejas y lamentos se escuchaban claramente durante las sesiones de acupuntura. La dieta se sustentaba en la prohibición absoluta para ingerir azúcares y carbohidratos complejos. Cero postres, nada de pan y tortilla, poca fruta, toda la verdura que quisieras y mucha proteína animal. A mí se me acomodó y me resultó el tratamiento: en poco más de un año, me regresó a los 70 kilogramos de peso y a la talla 32 de cintura, y hasta hoy, kilos más, kilos menos, he logrado mantenerme en esas dimensiones.

Correr con veinte kilos de menos me fructificó en más velocidad, mayores distancias, más ambición por mejorar y ser competitivo; una de las ventajas de este deporte es que todos los domingos se organizan carreras. Las más populares son las de 5 y 10 Kilómetros, pero también hay para 15 K, 21 K y el mítico maratón, que en Monterrey se corre cada segundo domingo del mes de diciembre. Me probé en todas las distancias. Comparando con los torneos de tenis, dónde solo los finalistas resultan galardonados, y que el tiempo invertido en cada certamen tenístico es excesivo, sobre todo si avanzas en el cuadro principal, recibir una medalla cada domingo, en menos de una hora de “competencia”, me resultaba, si no un logro deportivo de gran valor, sí un acierto de los organizadores para atraer deportistas a sus eventos.

Preparado desde la infancia para la competencia, ya individual o por equipos, dónde las métricas sólo sirven como referencia estadística, porque lo único importante es el triunfo, participar en un evento deportivo, rodeado de miles de amistosos corredores, a quienes lo único que parece importarles es pasar un rato divertido, cumplir la meta que se marcaron y tratar de romper su marca personal, me generó una especie de conmoción positiva. 

Y no es que piense que los corredores no son impulsados por motivaciones de logro y reconocimiento. Estoy seguro que muchos de nosotros, además de divertirnos y mantenernos en forma, también lo pretendemos. Pero es admirable observar que durante la carrera no se agobian si los rebasan y que además, si son ellos los que dan el rebase, aúpan al corredor que dejan atrás. Me resultaba ¡Alucinante! A nadie parecía importarle quien ganaba o quien perdía, porque al finalizar el recorrido, todos recibíamos una medalla, por lo que en apariencia, todos éramos unos ganadores.

Satisfacción personal, interacción social, autoestima, significado de la vida y bienestar físico son motivaciones válidas para participar en las carreras recreativas domingueras, pero pronto sentí que mi carácter, mi temperamento, requería algo más que el orgullo y la medalla por haber logrado finalizar la carrera.

Reconozco que mientras duró, esa etapa me resultó utópica e idílica. Pero pensé -y sigo pensando- que correr, por el solo hecho de “correr” vulneraba de cierta manera a mi naturaleza. Muy cool, pero demasiado complaciente conmigo mismo. Pronto encontré incentivos: ingresé a un equipo de triatletas, dónde todas y todos revelábamos ambición, adicción por la competencia, rivalidad, ansia de superación; inmensas aspiraciones por ganar, por vencer a los contrincantes, por alcanzar lo más alto del podio. Y estábamos dispuestos a trabajar duramente por ello.

Los TriRegios

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