Diez

Agosto me es un mes significativo. Mi hija Eugenia nació un primero. Mi padre un seis y falleció el 22 de agosto de 1977, a los cuarenta y siete años de edad, víctima de un infarto al miocardio.

De él heredé lo deportista. Siempre hizo deporte; el último con el que experimentó fue el tenis, un deporte que para destacar, se requiere haberlo practicado desde niño y con maestro. Apenas alcance a pelotear un poco con él. Eramos tan malos el padre como el hijo. Pero eso sí: nos esforzábamos de a madre yendo y viniendo por la pelota, que volaba para todos lados, menos hacia el rectángulo azul. 

Traigo traspapelada por ahí una descolorida fotografía que le tomaron en Sidney, Australia, a donde viajó con mi madre por razones laborales, en Agosto de 1977, días antes de morir. Posaba orgulloso en una cancha de tenis, con raqueta en mano y vestido con una camiseta blanca de algodón, con cuello en V, de las que cotidianamente utilizaba como ropa “interior” bajo la camisa de vestir y un mini short, blanco también. Eso que ni qué: el pantalón corto sí era para practicar el deporte blanco, de los que se estilaban para jugar en aquellos años.

A Papá le hacía ilusión jugar tenis. Supongo que lo consideraba una especie de ascenso social. Del cuadrilátero de la lucha libre, a las pistas de boliche y de ahí, pasar a las canchas de tenis, podría considerarlo algo más que un cambio en los escenarios de su práctica deportiva.

Mi padre, buen jugador de boliche desde joven, formado en las dos pistas existentes por aquellos años en el Círculo Mercantil Mutualista de Monterrey, compitió por muchos años en los campeonatos nacionales del juego de bolos. Al -o para poder- retirarse de la lucha libre, consiguió con la ayuda de su padre, trabajo como gerente del desaparecido Bol Monterrey, que se ubicaba sobre la avenida Gonzalitos. Pronto lo llamaron para administrar un nuevo boliche: el Bol Obispado, con más pistas y parte de una gran empresa internacional. Un ascenso laboral en su empresa nos trasladó en 1974 a la ciudad de México. 

La empresa transnacional en la que trabajaba, además de administrar salas de boliche, fabricaba artículos deportivos: raquetas de tenis Head -la de Arthur Ashe era lo máximo en esos días -, pelotas de fútbol y voleibol Voit, pistas y artículos de boliche AMF. De alguna forma, mi padre logró vivir de manera decorosa del y en el mundo del deporte.

Raúl Ramírez, el mejor tenista mexicano en la historia, cerraba 1976 como número uno del mundo en dobles y el cuarto en singles; el año anterior había encabezado al equipo mexicano de Copa Davis que eliminó al de los Estados Unidos en una histórica victoria como visitantes en Palm Spring, California. En diciembre del mismo 1975, le repitieron la dosis al equipo que encabezaba Jimmy Connors en el estadio Rafael Osuna del Club Chapultepec, en la Ciudad de México.

Raúl Ramírez estimuló una nueva tendencia deportiva y puso de moda el tenis en México. La inquietud por jugar tenis de mi papá se disparó. En 1976 compró una acción en un Club Deportivo ubicado en las afueras de la Ciudad de México –Club Campestre Monte Sur – y recuerdo solo una o dos ocasiones las que alcanzamos a ir a tirar raquetazos antes de que falleciera. El club se encontraba en construcción. Habilitaron canchas de tenis e infraestructura básica para iniciar la pre venta de las acciones. Nosotros vivíamos en el sur profundo de la capital, allá, muy lejos de todo, por Canal de Miramontes y Calzada del Hueso y aun así, el club nos quedaba distante. Era para acudir solamente los fines de semana.

Lo que sí jugamos varias ocasiones -no muchas, la verdad – fue Squash en unas canchas por Villa Coapa, cerca de casa; ahí sí que no éramos para nada maletas. Yo lo practicaba en las canchas de la universidad, que curiosamente siendo pública, contaba con varias para jugar un deporte considerado elitista; él jugó durante años frontón a mano en el CMMM. Eran verdaderas batallas entre el padre y sus hijos, porque mi hermano Alejandro también participaba. Lo más grabado que tengo de esos partidos, era el cómo odiaba perder. Cuando se veía abajo en el marcador, ¡tiraba a pegar! A pelotazos intentaba amedrentarnos, pero nunca nos dejamos. Era puro toma y daca. Ganábamos o perdíamos, pero nunca fue ni fuimos condescendientes. Solo que él tomaba sus derrotas de peor manera y sus hijos no nos atrevíamos a festejar nuestras victorias.

Hasta el día de su muerte practicó el deporte. Prefería entrenar a mediodía, a la hora de la comida, por eso entre semana, nunca comimos juntos, ni siquiera cuando vivíamos en Monterrey, que quedaba a cinco minutos de todo. A esa hora, siempre se encontraba en el Círculo, jugando frontón a mano, haciendo pesas, o en la duela, recreándose en las retas del basquetbol que se organizaban. Por eso almorzaba fuerte y tarde para los horarios regiomontanos, mientras cenaba por ahí de las ocho de la noche, ensalada y carne casi siempre, acompañada con dos cervezas. Superior, La rubia que todos querían, por cierto.

Los primeros síntomas del infarto los notó en el gimnasio que frecuentaba en esa época. Debió haberse sentido muy mal, porque decidió hablar a su oficina para que pasaran por él y lo transportarán al Instituto Nacional de Cardiología, que se ubicaba por Periférico al Sur. No logró llegar. Falleció en la banqueta, cerca de la entrada de un hospital del DIF ubicado unos pocos kilómetros antes de Cardiología, en el cruce de la Avenida Insurgentes Sur y el Periférico. 

Mi padre siempre dio por sentado que sus hijos harían deporte. Nunca nos empujó a ello. Tampoco nos motivó ni nos festejó nada. No recuerdo que nos acompañara a ninguna de nuestras exhibiciones o competencia de natación o de gimnasia, mucho menos a los entrenamientos; solo me vio jugar dos ocasiones fútbol: una vez en nuestra cancha del Club Deportivo Roma, en esa colonia por el sur de la ciudad de Monterrey, y otra ocasión en el club Atlas, allá en Guadalajara, a donde fuimos a una corta gira. Esa segunda vez, jugando el primer partido de la gira, contra un equipo de las inferiores del Atlas, de una patada me rompieron el dedo anular de la mano derecha -siempre jugué de portero- y ni él se inmutó ni yo abandoné el partido. No podía lloriquear, mostrar debilidad y mucho menos rajarme en su presencia. Terminé la mini gira jugando con el dedo fracturado, con inflamación y dolor, pero sin cometer errores y sin soltar balones. El último partido, lo recuerdo muy bien, fue en Ciudad Guzmán, contra un equipo local, al que ya no acudió mi papá, que se había quedado en la Capital de Jalisco con Rodolfo Pérez Sánchez, un compañero de trabajo que administraba el boliche de esa ciudad.

Era frío y mostraba indiferencia mi padre. Muy ajeno a nuestros logros y pasiones deportivas. Días antes de su fallecimiento, le solicité una reunión en su oficina. Tenía que tratar con él un asunto muy importante, y sabía que era el mejor sitio para hacerlo. Me presenté para informarle que había recibido una invitación del Profesor Gilberto Gálvez para probarme en el Club America y necesitaba su apoyo, pues la invitación implicaba la renuncia a mi trabajo en la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos.   

Requería saber si podría contar con su aval, pues el profesor no podría garantizarme más que una pequeña ayuda económica, y eso, sí me quedaba en el equipo, como se estilaba en las reservas profesionales de esa época. No le cayó en gracia la noticia. Me faltaban un poco menos de dos años para terminar la carrera, ganaba muy buen sueldo para ser estudiante, más las prestaciones que otorgaba el Gobierno Federal. El resultado fue positivo: a regañadientes, pero aceptó, aunque me condicionó cualquier apoyo mientras continuara con mis estudios, los que por cierto, nunca pensé abandonar, pues trabajaba en la mañana y asistía a la universidad en turno vespertino, mismos horarios que me había planteado el profesor.

Al profesor Gálvez lo conocí porque durante un corto período de tiempo, fue entrenador del equipo representativo de fútbol de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana, donde yo jugaba. Pienso que apreciaba además de mis condiciones, mi disciplina y pasión por trabajar duro en los entrenamientos. Yo era de los que siempre pedía más. Y él, se quedaba horas extras a trabajar conmigo, pues es sabido que el entrenamiento de los porteros es especial, por eso ahora ya existe el entrenador de porteros. Esas horas le permitió conocerme mejor y supongo que de ahí surgió su idea de que lo acompañara a su nuevo trabajo como parte del equipo responsable de las inferiores del Club América, equipo del que además, yo era Fan en esos años.

Recuerdo que salí feliz de la reunión. Era la tarde del viernes 19 de agosto de 1977. El lunes 22, pasando mediodía, mi papá había fallecido y me resultó impensable renunciar a mi trabajo: ahora se requería mi sueldo para mis gastos y ayudar con los de la casa, porque mi padre, tan confiado en su estado físico y tan poco previsor, no consideró la posibilidad de morir a los 47 años recién cumplidos y salvo deudas y un seguro de vida para cubrir la hipoteca de la casa -la previsión fue del Banco, no de mi apá- , no dejó nada más.

Por cierto, había olvidado por completo hasta hoy al Club Campestre Monte Sur; nunca supe qué fregados pasó con esa Acción. Probablemente ni se terminó de pagar. Ya ni caso preguntarle a mi madre. A sus 87, empieza a olvidar las cosas. Ella, que nunca gustó del deporte, ahí la tenemos, vivita y dando guerra. La semana pasada me marcó al FaceTime justo cuando andaba corriendo. Contento por su llamada en ese momento, juguetón, le comenté que era la primera ocasión que me acompañaba a correr. Me sonrió divinamente por la pantalla de mi celular. Platicamos un buen rato así, mientras trotaba. Le agradó y mucho, conocer los parques por donde corría. Me provocó una carcajada cuando me comentó que le daba gusto verme haciendo ejercicio, porque así, según ella, “viviría muchos años”.

Creo que en ese momento no recordaba gran cosa sobre mis actividades deportivas. Apenas unos días antes, durante mi última visita a Mazatlan, le informaba o me veía salir a nadar, a correr; hasta se enteró de mi visita al hospital por la caída de la bicicleta, pero mientras conversábamos la noté un poco desconcertada. En fin. Cosas de la senilidad. Respecto a que viviría muchos años, le respondí que recordara que mi padre hacía tanto ejercicio como yo, y solo vivió 47, mientras que ella, que nunca se ejercitó, ahí la tenía, conversando conmigo, a sus 87 de iPhone a iPhone. Su sonrisa iluminó de nuevo la pantalla del celular.

No puedo estar más de acuerdo con Philip Roth cuando escribió algo así como que “la vejez no es una batalla. La vejez es una masacre”. Nunca pensé llegar a viejo. Como papá falleció a los cuarenta y siete años, nunca consideré superar esa edad. Durante el transcurrir del tiempo confirmé que no era el único que, al haber perdido al padre en una edad temprana, había considerado como esperanza de su vida los años que vivió su padre. Cuando rebasé los cuarenta y siete, pensé que iniciaba un tiempo extra a muerte súbita. Cuando llegué a los sesenta, me sentí desubicado, completamente descolocado. Cuando “desperté” de la encefalopatía, a los 61, me encabroné y así permanecí varios meses: bastante encabronado. No me preparé para la vejez y menos para sobrevivir tantos años a mi padre. Seguido lo sueño; él siempre joven, y yo, como soy, como estoy: más ajado que él; y son sueños extraños, raros, chocantes por esa circunstancia; son como quimeras, alucinaciones, apariciones, como una especie de versión libre y muy particular de “El curioso caso de Benjamin Button”. Cuando despierto, no pierdo esa sensación de irrealidad tan confusa, que sabes inverosímil, producto de un sueño.

Mi adorado abuelo paterno rebasó espléndidamente los 85 años, pero por esos extraños juegos de mi mente, su longevidad no logró modificar mi percepción sobre mi esperanza de vida. La larga y venturosa vida de Don Pedro Vela, mi amado abuelo, la utilicé sin éxito, consiente y constantemente como contraargumento para convencerme sobre lo extravagante que resultaba utilizar la edad de mi padre a su fallecimiento, y no la de mi abuelo, o la de sus hermanos, como límite, como frontera, como fecha de término inexorable para mi vida. Aún ahora, continúo pensando que juego tiempo de compensación a gol de oro.

Soy del grupo de convencidos que más allá de la vida, sigue la nada. Regresamos al inicio. No sé qué éramos, o dónde nos encontrábamos antes que un espermatozoide de mi padre fecundara un ovulo de mi madre. Pero creo que en esa nada, es donde terminamos. Sin conciencia, sentimientos, sensaciones, percepciones. Una nada, no sé si a la manera existencialista, ontológica, física o matemática. Dice Jorge Luis Borges: «Ser agnóstico facilita hacerse a la idea de morir: la perspectiva de la nada es grata, sobre todo en momentos de contrariedad o desánimo». No sé filosofar. Pero sé que a nuestros muertos, no les duele nada. A los que nos quedamos llorándolos, todo.

Y aquí me encuentro. Vivo y evocando a los idos, soñándolos, honrándolos, llorándolos. Feliz Cumpleaños Papá, hasta la nada donde te encuentres te envío un abrazo y mis recuerdos. Y a ti, feliz de semana.

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